El cielo sobre el aeropuerto internacional evacuado no presagiaba nada bueno; una tormenta sobrenatural teñía las nubes de un verde tóxico y un púrpura profundo. En medio de la pista de despegue, la tensión era palpable. Doctor Doom, el monarca de Latveria, se erguía con arrogancia sobre los restos de un avión de carga, mientras que el Doctor Strange, el Hechicero Supremo, levitaba en posición de loto en el extremo opuesto, rodeado por un aura de serenidad absoluta.
Sin mediar palabra, Doom inició la ofensiva. De sus guanteletes brotaron rayos de energía verde, una fusión letal de electricidad y artes negras. Strange, impasible, invocó los Siete Anillos de Raggadorr, creando un halo naranja que no solo desvió los ataques hacia los aviones aparcados —provocando explosiones en cadena— sino que, con un movimiento fluido, transformó el humo de los escombros en dragones de humo sólido que se lanzaron contra su rival.
Doom no se dejó amedrentar. Activando los propulsores de su armadura, atravesó a los dragones a velocidad supersónica. Strange intentó frenarlo con las Bandas Carmesí de Cyttorak, pero el genio tecnológico de Doom tenía una respuesta: una descarga sónica de alta frecuencia que rompió la concentración de Strange, haciendo que las cadenas místicas se desvanecieran. Aprovechando el desconcierto, Doom conectó un puñetazo cargado de energía eléctrica que lanzó al hechicero a través de la cristalera de la terminal.
Dentro de la terminal destrozada, un Strange ensangrentado comprendió que la armadura de Doom le otorgaba una ventaja física insalvable en el mundo material. Con un giro de manos, rompió la realidad y los arrastró a la Dimensión Espejo. Allí, donde el suelo se convierte en techo y la tecnología pierde su sentido, Strange sentenció: «Aquí solo cuenta la voluntad». Sin embargo, Doom, cuya voluntad es legendaria, comenzó a recitar hechizos oscuros en latín, ordenando a su armadura que absorbiera la energía ambiental de la propia dimensión para potenciar sus guanteletes.
El clímax llegó con un duelo de espadas: la Espada de Vishanti de Strange contra una hoja de energía roja y negra forjada en magia negra por Doom. Cada choque de sus armas enviaba ondas de choque que alteraban los colores del cielo. Doom parecía ganar terreno por pura brutalidad, pero su arrogancia fue su perdición cuando intentó arrebatarle el Ojo de Agamotto a Strange.
El artefacto, detectando la impureza de Victor, reaccionó violentamente quemándole la mano. En ese instante de vulnerabilidad, Strange invocó los Vientos de Watoomb, no para empujar el cuerpo de Doom, sino para realizar una proyección astral forzada, expulsando el alma del villano de su armadura por un momento decisivo.
Finalmente, la batalla terminó con Doom de rodillas, con su armadura humeando y los circuitos fritos por la sobrecarga mágica. Aunque Strange emergió victorioso gracias a su especialización absoluta y al poder del Ojo, Doom logró teletransportarse en una huida táctica, dejando una última advertencia: su derrota era solo temporal.
Analogía para comprender el duelo: Imaginen este combate como un duelo entre un maestro de esgrima tradicional (Strange) y un soldado moderno equipado con tecnología experimental (Doom). El soldado tiene herramientas para cada situación, pero cuando el maestro de esgrima logra llevar el duelo a un terreno donde solo importa la técnica pura de la espada (la magia pura), la versatilidad del soldado no puede compararse con la perfección de una sola disciplina llevada al límite.

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